viernes, 31 de julio de 2015

Las terapias de conversión para homosexuales que quiere prohibir EEUU son aún legales en España



Estos métodos son rechazados por la comunidad científica y pueden provocar "depresión, ansiedad y tendencias suicidas"


En España no están explícitamente prohibidas y existen centros que ofrecen 

este tipo de tratamientos



Mientras Estados Unidos estudia la posibilidad de prohibir las terapias de reorientación sexual, tal y como anunció el presidente Barack Obama el pasado abril, en España no hay ninguna ley que prohíba explícitamente estas prácticas.

Las terapias de conversión son intervenciones, normalmente con terapia psicológica, que tienen como objetivo cambiar la orientación sexual o identidad de género de una persona por considerar que ésta es inadecuada. En la mayoría de los casos estas terapias se dan en familias con profundas creencias religiosas y están a menudo dirigidas a niños o adolescentes que no tienen autoridad legal para tomar sus propias decisiones médicas.

El debate sobre este tipo de terapias se ha reabierto en EEUU a raíz del suicidio de la adolescente de 17 años Leelah Alcorn. El fallecimiento de Leelah, que fue obligada a asistir a una terapia de conversión, provocó una oleada de indignación que ha terminado con una campaña de recogidas de firmas
(https://www.change.org/p/president-of-the-united-states-enact-leelah-s-law-to-bantransgender-conversion-therapy) en la que se exige al presidente Obama que prohíba este tipo de prácticas.

La Casa Blanca, a través de un comunicado, ha asegurado compartir la preocupación por los "efectos potencialmente devastadores" de estas terapias y ha afirmado que el gobierno "apoya los esfuerzos para prohibir el uso de la terapia de conversión en menores de edad".

España en un limbo legal


En España, aunque este tipo de actividades pueden ser perseguidas por medio del concepto jurídico de lex artis, que obliga a todo profesional médico a realizar su trabajo con un estándar mínimo de profesionalidad para evitar la mala praxis, no existe una ley que las prohíba de forma explícita. De esta forma, es el propio paciente el que deberá iniciar un procedimiento que podría terminar en la inhabilitación del profesional implicado.

Sin embargo, esto rara vez sucede. "Muchos de los pacientes de este tipo de terapias acuden presionados por su entorno y avergonzados de su propia orientación sexual, lo que hace difícil que salgan muchos casos a la luz", asegura Jesús Generelo, presidente de la Federación de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (http://www.felgtb.org). Además, continua Generelo, "no nos consta que en España se haya inhabilitado a ningún psicólogo por este motivo, cosa que sí ha sucedido en EEUU".

Este criterio también es compartido por Juan Manuel Peris, asesor del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid en temas de LGTB. "A lo largo de mis años de carrera nunca me he encontrado un paciente que haya querido denunciar su caso, tras pasar por una de estas terapias". Además, asegura que este tipo de intervenciones dejan importantes secuelas y "los pacientes suelen necesitar varios años de terapia para corregir el daño que les han hecho".

"Todos los colegios profesionales de psicólogos rechazan absolutamente este tipo de terapias", asegura Peris, "pues causan mucho más daño del que supuestamente quieren reparar", ya que obliga a los pacientes a "luchar contra su propia naturaleza". Según Generelo, "puede que los padres lo hagan de buena voluntad, pero hay que tener en cuenta que estamos hablando de terapias que se basan en la aversión a uno mismo".

En qué consisten las terapias


Históricamente se han aplicado todo tipo de métodos para intentar reorientar sexualidad. Hasta mediados del siglo XX, estos tratamientos incluían intervenciones quirúrgicas como la histerectomía (extirpación de los testículos), la ablación (extirpación del clítoris) o la lobotomía. Durante la segunda mitad del siglo veinte se han utilizado otros métodos también agresivos como el tratamiento de electroshocks o las terapias de aversión.

En la actualidad no se disponen de tantos datos, ya que "la mayoría de los centros que realizan este tipo de prácticas son muy discretos y no hacen tanta publicidad como antes", asegura Generelo. Sin embargo, entre los tratamientos más usuales se encuentra el uso de medicación para reducir la libido (castración química), junto con el uso de antidepresivos y ansiolíticos. "He tenido varios pacientes que han pasado por algunas de estas terapias y llegaban a tomar hasta 8 pastillas diarias", asegura Peris. En cuanto al precio, pueden rondar los 120 euros semanales, según algunos testimonios.

Pueden inducir al suicidio


La comunidad científica no deja lugar a dudas. La homosexualidad o la transexualidad no son tratables, simplemente porque no son enfermedades ni trastornos. Así lo establece tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde 1990, como la Asociación Americana de Psicología (http://www.apa.org/centrodeapoyo/sexual.aspx) (AAP), que en 1973 eliminó la homosexualidad como trastorno de su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Según la AAP "la suposición de que la homosexualidad y la bisexualidad son trastornos mentales se basa en teorías psicoanalíticas desfasadas" y aseguran que "estas ideas han sido ampliamente desacreditadas mediante evidencias".

Sin embargo, el rechazo de la propia orientación sexual sí que se considera un desorden del desarrollo sexual. La OMS define la orientación sexual egodistónica como un desorden en el que "la orientación o la preferencia sexual no está en duda, pero el individuo desea que fuera diferente porque lo asocia con trastornos psicológicos o de comportamiento, y podría buscar tratamiento para cambiarla". Los casos en los que el individuo asocia su orientación sexual a algún tipo de trastorno, se suelen deber en la mayoría de los casos a "una homofobia interiorizada", asegura Peris. Lo que se debe hacer en estos casos, según la mayoría de los profesionales consultados, es tratar de que el paciente asimile su orientación sexual con naturalidad.

Los estudios realizados a lo largo de las últimas décadas tampoco dejan lugar a dudas sobre la nula efectividad de las terapias de conversión y sobre sus efectos adversos. Un análisis detallado de todas los artículos científicos sobre este tipo de terapias publicados entre 1960 y 2007 (http://www.apa.org/pi/lgbt/resources/therapeutic-response.pdf) demostró que es "poco probable que los individuos tratados sean capaces de reducir su atracción por el mismo sexo o aumentar su atracción por sexo opuesto". El mismo estudio, llevado a cabo por la AAP, concluyó además que estas terapias provocan "efectos secundarios negativos que incluyen pérdida del apetito sexual, depresión, tendencias suicidas y ansiedad". Igualmente, un informe emitido por el Banco Mundial
(http://www.jhsph.edu/research/centers-and-institutes/center-for-public-healthand- human-rights/_pdf/MSMReport_FINAL.pdf) en 2012 concluía, en base a todos los estudios científicos realizados hasta la fecha, que existe "una abrumadora cantidad de evidencias" que demuestran que la terapia de conversión es "ineficaz, innecesaria y potencialmente dañina". La comunidad científica no deja lugar a dudas. La homosexualidad o la transexualidad no son tratables, simplemente porque no son enfermedades ni trastornos. Así lo establece tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde 1990, como la Asociación Americana de Psicología (http://www.apa.org/centrodeapoyo/sexual.aspx) (AAP), que en 1973 eliminó la homosexualidad como trastorno de su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Según la AAP "la suposición de que la homosexualidad y la bisexualidad son trastornos mentales se basa en teorías psicoanalíticas desfasadas" y aseguran que "estas ideas han sido ampliamente desacreditadas mediante evidencias".

Sin embargo, el rechazo de la propia orientación sexual sí que se considera un desorden del desarrollo sexual. La OMS define la orientación sexual egodistónica como un desorden en el que "la orientación o la preferencia sexual no está en duda, pero el individuo desea que fuera diferente porque lo asocia con trastornos psicológicos o de comportamiento, y podría buscar tratamiento para cambiarla".

Los casos en los que el individuo asocia su orientación sexual a algún tipo de trastorno, se suelen deber en la mayoría de los casos a "una homofobia interiorizada", asegura Peris. Lo que se debe hacer en estos casos, según la mayoría de los profesionales consultados, es tratar de que el paciente asimile su orientación sexual con naturalidad.

Los estudios realizados a lo largo de las últimas décadas tampoco dejan lugar a dudas sobre la nula efectividad de las terapias de conversión y sobre sus efectos adversos. Un análisis detallado de todas los artículos científicos sobre este tipo de terapias publicados entre 1960 y 2007 (http://www.apa.org/pi/lgbt/resources/therapeutic-response.pdf) demostró que es "poco probable que los individuos tratados sean capaces de reducir su atracción por el mismo sexo o aumentar su atracción por sexo opuesto". El mismo estudio, llevado a cabo por la AAP, concluyó además que estas terapias provocan "efectos secundarios negativos que incluyen pérdida del apetito sexual, depresión, tendencias suicidas y ansiedad".

Igualmente, un informe emitido por el Banco Mundial (http://www.jhsph.edu/research/centers-and-institutes/center-for-public-healthand- human-rights/_pdf/MSMReport_FINAL.pdf) en 2012 concluía, en base a todos los estudios científicos realizados hasta la fecha, que existe "una abrumadora cantidad de evidencias" que demuestran que la terapia de conversión es "ineficaz, innecesaria y potencialmente dañina".


Teguayco Pinto (/autores/teguayco_pinto/) 09/06/2015


Publicado en eldiario.es 

lunes, 27 de julio de 2015

¿Y qué sabrá la ciencia de sexo?


Mejorar la vida íntima es una preocupación colectiva
Esto han alumbrado al respecto los estudiosos del mundo


Si uno valora la satisfacción sexual basándose en los estándares de una película pornográfica, todo quedará reducido a tamaños, tiempos y frecuencias. Pero si uno tiene cierta experiencia en estos lares (y un poco de cabeza), descubrirá que su satisfacción poco tiene que ver con las cifras, sino más bien con las emociones, sensaciones y, por supuesto, con lo que nuestro cuerpo nos permita. Resultan determinantes los factores psicológicos y fisiológicos. ¿Cuáles en concreto? Como esta no es una pregunta individual, sino universal, la ciencia también se ha ocupado de buscar respuestas. Estas son algunas de sus afirmaciones, que, por supuesto, cada uno puede usar en su propio beneficio.

La ciencia apunta a que la satisfacción sexual, sobre todo en las mujeres,

aumenta con la edad


1. La madurez femenina es un valor al alza.
Se dice que el sexo es cosa de jóvenes, pero, en realidad, la ciencia apunta a que la satisfacción sexual, sobre todo en las mujeres, aumenta con la edad. Esta era la idea que manejaron investigadores de la Universidad de California en un estudio publicado en American Journal of Medicine. Su trabajo consistió en evaluar la actividad y la satisfacción sexual de un total de 806 mujeres con una media de edad de 67 años. El 61% de ellas afirmó sentirse satisfechas sexualmente, un porcentaje que aumentaba con la edad. “Al cumplir años, tenemos un mayor conocimiento tanto de la sexualidad, tanto propia como ajena”, aclara Almudena Herranz, del centro sexológico Sexorum. “Por tanto, esta experiencia puede significar tener mayor claridad‎ sobre lo que se desea, cómo se desea, en qué circunstancias y con quién”, añade. Investigadores de Luisiana, Florida y Baylor, por su parte, estudiaron, por su parte, la vida sexual en parejas casadas, concluyendo que a los 50 se volvía a encender la chispa.

2. La salud cardiovascular también se nota en la cama.
Sabemos que el orgasmo mejora algunos indicadores de la salud, pero la otra perspectiva es analizar cómo nuestra salud afecta a la sexualidad. Según los resultados de la Encuesta Nacional de Actitudes Sexuales y Estilos de Vida, realizada en Reino Unido y publicada en The Lancet, la mala salud se asocia con la disminución de la actividad y la satisfacción sexual en todas las edades, y para colmo pocas personas buscan ayuda clínica sobre este aspecto. Este es uno de los factores más preocupantes, ya que, a veces, las disfunciones sexuales pueden ser una señal de que existe una enfermedad oculta. “En los varones, por ejemplo, está bien documentado que la disfunción eréctil puede ser un marcador precoz de enfermedad cardiovascular, especialmente en pacientes con diabetes, y que su presencia se asocia a un mayor riesgo de infarto de miocardio y de mortalidad cardiovascular”, explica Ricardo Gómez Huelgas, vicepresidente segundo de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI).

3. Los tacones altos no ayudan.
La revista Time se hacía eco de los aspectos más llamativos del libro Vagina: una nueva biografía de la sexualidad femenina, de Naomi Wolf, basada en los estudios del ginecólogo Eden Fromberg. Entre las diversas conclusiones del libro, destacaba el hecho de que llevar tacones se relaciona con tener una mayor dificultad para alcanzar el orgasmo, no para el hombre (y no digamos si es fetichista), sino para la mujer. Para entender un poco más esta afirmación, el fisioterapeuta Pablo Delgado de la Sernaexplica: “Los tacones desplazan la postura del cuerpo hacia delante, lo que produce una anteversión de la pelvis y, en muchos casos, esto lleva a un debilitamiento de la musculatura del suelo pélvico, siendo una de las posibles consecuencias la aparición de disfunciones sexuales”. “Lo recomendable es usar tacones de entre 2 y 4 centímetros de altura”, precisa De la Serna.

4. El sudor del hombre estimula a la mujer.
Según el estudio publicado en The Journal of Neurosciencie, el líquido que segregan las glándulas del varón puede alterar los niveles de cortisol (hormona) en la fémina, predisponiéndola al sexo. Concretamente, el estudio habla de cambios hormonales en mujeres que habrían olido androstadienona, un compuesto del sudor masculino. Como explica Lluís Bassas, miembro de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) y jefe de la Sección de Seminología y Embriología de la Fundación Puigvert, “los niveles de cortisol pueden variar mucho y muy rápidamente ante diversos estímulos mediados por señales nerviosas, metabólicas o procedentes de otras hormonas, lo que pone de relieve las diferencias entre los sexos en cuanto a la sensibilidad de las terminaciones nerviosas que captan compuestos volátiles por el olfato”.

La tendencia biológica del ser humano al desliz contrasta con un mayor nivel de satisfacción íntima en el marco de una pareja estable


5. Disfrutamos más del sexo con una pareja estable.
La tendencia biológica del ser humano al desliz contrasta con un mayor nivel de satisfacción íntima en el marco de una pareja estable, como afirman el 97% de los hombres y el 96% de las mujeres en la Encuesta Nacional de Salud Sexual, realizada por la Agencia de Salud Pública de Barcelona (ASPB). La sexóloga Almudena Herranz sostiene que en una pareja estable existe mayor complicidad e intimidad que con compañeros esporádicos, "de manera que se construye un lenguaje propio que ayuda a entenderse con mayor facilidad y se genera un buen clima para que los sexos puedan expresarse de forma auténtica y coherente a sus peculiares deseos y anhelos”.

6. Dormir bien es esencial.
Concretamente, cada hora adicional de sueño aumenta en un 14% la probabilidad de que una mujer mantenga relaciones sexuales al día siguiente, según el investigador David Kalmbach, de la Universidad de Michigan. Insiste en esta idea el fisioterapeuta de la Serna: “Un buen descanso, tanto en cantidad como en calidad, favorece el correcto funcionamiento de los ciclos hormonales que requieren de cierto número de horas de descanso; el caso más claro es el ciclo del cortisol”. Pero, además, “haber descansado correctamente nos mantiene activos, con apetencia; mientras que no descansar nos apaga, y el cuerpo da prioridad a actividades básicas y relega otras no prioritarias, como puede ser la sexual”.

Las parejas de los países occidentales que gozaban de mayor igualdad entre hombres y mujeres, tenían niveles de satisfacción sexual más elevados


7. La comida picante no excita.
No es que una enchilada predisponga al sexo, sino que suele ocurrir que los que prefieren este tipo de comida son picantes en todos los sentidos, debido a sus elevados niveles de testosterona. Según la publicaciónPhysiology & Behavior, “los hombres con afición al picante tienen constitucionalmente más testosterona”, hormona relacionada con el mantenimiento del deseo sexual, tal como confirma Bassas.

8. Defender la igualdad de género le hará mejor amante.
Cuando hablamos de sexo, hablamos también de sexos, es decir, del hecho de ser hombre y mujer, y cómo ambos conviven. Y si lo hacen en un entorno en el que se respeten sus diferencias y refuercen sus puntos en común, seguramente también acabarán por entenderse mejor en la cama. Esa era la idea que intentaba demostrar el investigador de la Universidad de Chicago Edward Laumann, al asegurar, en un estudio realizado en 2006 en casi 30 países, que las parejas de los países occidentales que gozaban de mayor igualdad entre hombres y mujeres, tenían niveles de satisfacción sexual más elevados. La sexóloga del centro Sexorum añade a este respecto: “Todo lo que facilite dejar de percibir que un sexo está contra el otro, en competición, y comiencen a entenderse en el plano de simetría‎ y complicidad, fortalece las posibilidades de entendimiento en el campo del deseo y el placer”. Por descontado, esta regla también se aplica a las parejas del mismo sexo.

9. Los kilos de más estorban.
Y no por cuestiones de flexibilidad. La Universidad de Medicina de Ilam (Irán) realizó un estudio, el pasado enero, vinculando el exceso de peso con las disfunciones sexuales femeninas, y concluyó que existía una relación de causa y efecto entre ambas. “En ambos sexos, la obesidad induce una serie de cambios hormonales que propician la disfunción en la esfera sexual. Es interesante resaltar que se ha demostrado que la pérdida de peso puede facilitar la recuperación de ese tipo de disfunción en muchos casos”, destaca Bassas.

10. Las atletas gozan más.
El investigador Omer Faruk Karatas, de laUniversidad de Ankara (Turquía), comparó a mujeres atletas con otras de vida sedentaria, y comprobó que a las primeras les llegaba mayor flujo de sangre al clítoris. “El deporte, además de eliminar estrés, mejora la respiración y la circulación, produciendo que los vasos sanguíneos aumenten de tamaño y mejore la llegada de sangre a la zona de la vagina, clítoris y musculatura cercana, cosa que repercute, para bien, en la calidad de las relaciones sexuales”, afirma Pablo Delgado de la Serna.

11. Apagar (un rato) el móvil favorece la intimidad.
Para conectar con la pareja, bien sea estable u ocasional, necesitamos desconectar del resto de los asuntos. Y esto incluye las redes sociales. En esta idea insiste el reciente estudio El papel de los teléfonos inteligentes y la tecnología en la vida sexual y romántica, de la Universidad de Durham (Reino Unido). La investigación, financiada por Durex, examinó el impacto de la tecnología y los smartphones en el romance, la intimidad y el sexo de las personas con relaciones de larga duración, demostrando que si bien esta tecnología tenía sus beneficios, lo cierto es que generaba múltiples tensiones en la pareja. El consejo de los investigadores es simple: aprender a apagar el móvil cuando queremos disfrutar de un momento de intimidad. Y, de paso, llevar a la práctica la última chispa viral: fueron tan felices que no necesitaron publicarlo en Instagram.

SILVIA C. CARPALLO
EL PAÍS - 9 JUL 2015

viernes, 10 de julio de 2015

Personas con Síndrome de Down

Por Elena del Barrio Álvarez
Psicóloga y Sexóloga, especialista en Género
Universidad Autónoma de Madrid
Departamento de Psicología Biológica y de la Salud




¿Tienen sexualidad las personas con Síndrome de Down?

¿Son  hipersexuales? ¿Se  puede  frenar  la  sexualidad?

¿Qué se debe hacer?


Diferentes tipos de respuesta a estas preguntas van a marcar diferentes formas de actuar ante su desarrollo.

La sexualidad de las personas con Síndrome de Down se ve influida por mitos imperantes en la sociedad. Se les considera eternos niños, y por lo tanto, no desarrollados suficientemente para gozar libremente de su sexualidad. Se cree que son hipersexuales (Adams, 1995), por lo que se les inhibe y niega todo tipo de conducta sexual (Freire, 1986). Se presupone, además, que por el hecho de tener discapacidad cognitiva, van a tener las mismas limitaciones y características que cualquier persona con algún otro tipo de discapacidad cognitiva; tratando a todos los discapacitados por igual, sin atender a las particularidades y los deseos individuales. Y, por último, debemos añadir que   se observa un miedo, debido a un conocimiento erróneo de la genética, a que transmitan la discapacidad a su descendencia; dicho miedo se resuelve con la prohibición de  toda conducta sexual (Amor, 1997).

En el estudio realizado en la Universidad Autónoma de Madrid se ha tomado una muestra de 120 personas adultas (60 de ellas sin Síndrome de Down), controlando las variables género, edad y nivel de estudios.

El objetivo del estudio ha sido desmontar, en lo posible, los mitos imperantes en la sociedad que dificultan el desarrollo sexual de las personas con Síndrome de Down.

Mito 1. Las personas con Síndrome de Down son eternos niños


Las personas con Síndrome de Down tienen un desarrollo físico y emocional igual al de sus pares sin alteraciones cognitivas. Sin embargo, debido a su discapacidad cognitiva, el aprendizaje de cómo modular las habilidades sociales es más lento, así como el desarrollo del lenguaje.

Pero sus limitaciones cognitivas no son su mayor freno en la maduración. Si a una persona se la trata y considera como incapaz de realizar determinadas tareas o actividades, no se le facilitarán los recursos necesarios para que realmente sea capaz; y, sin este desarrollo de capacidades, resulta más complejo finalizar el periodo de maduración. El exceso de protección que reciben les impide afrontar las situaciones necesarias para llegar a ser adulto: tolerar frustraciones, elegir, aprender de los errores, de las experiencias...y amar como un adulto (Garvía, B; Miquel, M.J, 2011).

Los mismos padres, que desean el desarrollo de sus hijos, ponen lastres a su desarrollo sexual; y, por lo tanto, a su maduración completa.

“… Y ahora estoy segura de que en la educación de mi hija mongoloide, la cual tiene hoy 37 años, he actuado según  mi  mentalidad  llena  de  tabúes,  condicionada por las normas imperantes. Hoy me encuentro en una situación llena de contradicciones, de pesimismo y de desagrado interior, de la cual no me siento con fuerzas da salir. He reprimido las experiencias sexuales de mi hija, sin que ella se enterara; la he distraído, la he obligado a pensar en otras cosas, la he comunicado noticias falsas. He alejado hechos e informaciones que habrían podido confirmar o estimular sus impulsos sexuales. Me he comportado de esta manera, convencida de que así salvaba a mi hija de las garras de la sociedad…”

Giulano Govigli (1988)

Sin embargo, a pesar de las dificultades que impone el medio para que se desarrollen, ellos lo hacen; y muestran y articulan deseos propios de la madurez.

Los resultados de la investigación muestran que el 80% de la muestra con Síndrome de Down presentan deseos propios de la vida adulta. Declaraciones tomadas avalan este hecho. Ésta es una de ellas:

“Quiero hacer el amor antes de ser viejo y estar a punto de morir, creo que pido algo normal, no pido ser como los demás, y hacerlo tan pronto, pero creo que ya es hora. Tengo pareja, nos queremos y los dos deseamos hacerlo. Me apetece y quiero saber qué se siente. Soy un hombre trabajador y gano mi propio dinero. Creo que me merezco ese derecho.”

Adulto 32 años.

Mito 2. Las personas con Síndrome de Down son hipersexuales


¿Tienen las personas con síndrome de Down una sexualidad incontrolable? ¿Qué se debe hacer?

Algunos autores han considerado la sexualidad de las personas con síndrome de Down exacerbada (Freire, 1986; Adams, 1995). Sin embargo, otros, han considerado que mostraban una sexualidad inadecuada (sin diferenciar los ámbitos público/privado) porque no han recibido educación sobre las normas sociales al respecto (Glovi, 1988; Fierro, 2000).

En la investigación realizada se ha puesto a prueba la hipótesis de la sexualidad exacerbada en las personas con síndrome de Down. Se ha definido hipersexualidad como una frecuencia mayor de conductas sexuales y/o un repertorio mayor de conductas sexuales que el grupo control y/o una realización de dichas prácticas en lugares públicos. Tomando siempre como grupo de referencia las personas sin alteraciones cognitivas.

Antes de mostrar ninguna conclusión, es preciso remarcar que no se debe coartar la sexualidad de nadie por el hecho de que realice más prácticas sexuales que la media. Mientras no suponga un problema para el individuo (la frecuencia no interfiere en el desarrollo de su rutina) no hay que plantearse la reducción, y, en ningún caso, la anulación de la sexualidad de nadie. Es más, en el caso de que en los individuos Down apareciera una mayor frecuencia en las relaciones sexuales, el análisis debe dirigirse hacia alertarnos sobre una posible deficiencia sexual del resto. Gozar de nuestra sexualidad ha de tomarse como  un deber. El desarrollo de la sexualidad es igual de importante que el desarrollo intelectual. Es importante repartir bien el tiempo para conseguir un equilibrio en el desarrollo de todas nuestras capacidades, sin exclusión alguna.

De todos modos, tras el análisis de contrastes y frecuencias, se llega a la conclusión de que las personas con Síndrome de Down muestran, comparándoles con  las personas sin esas alteraciones cognitivas, un repertorio de conductas sexuales menor, una frecuencia menor, y, sin diferencias significativas, respecto al lugar de realización de estas práctica.

Esto nos permite concluir que el tener Síndrome de Down no lleva implícito esa hipersexualidad, tan temida por tutores, repletos de tantas buenas intenciones como equivocadas prácticas, en un afán protector  hacia sus tutelados.

Sin embargo; sí que se encuentra, dentro de la muestra con Down, una curva de frecuencias diferenciales en cuanto a la masturbación. Hay tanto personas que no la practican nunca, como personas que muestran una frecuencia por encima de la media. Esto podría explicarse al considerar dos opciones: si son tratados como eternos niños, no recibirán ningún tipo de educación y, por lo tanto, no tendrán ninguna noción sobre cómo, cuándo y dónde realizar estas prácticas; pero si son considerados como hipersexuales se actuará con ellos castrando todo tipo de actividad sexual (Troncoso, 2003).

Este efecto se ve incrementado en las mujeres con Síndrome de Down. Ellas sufren una doble discriminación: por ser mujeres, y por tener discapacidad. Se considera, por ambos motivos, que no tienen deseos o intereses sexuales y, que por ello, no hay que impartirles ningún tipo de formación. Sin embargo, se estima que son objeto deseado por el hombre; por lo que la educación, en caso de que la reciban, va dirigida a evitar cualquier acto sexual. Es así como se considera que se las preserva de recibir daño alguno; cuando en realidad lo que se consigue es impedirles disfrutar, de manera natural, de su desarrollo integral.

La incorporación a una educación sexual, sana y sin tabúes, contribuiría a una mayor independencia e integración social.

Como relata Emilio Rodríguez Ruiz (2006), al hablar de las habilidades sociales de las personas con Síndrome de Down, sería necesario, debido a que su proceso de aprendizaje es más lento (pero pueden aprender), que fueran instruidos de forma constante y desde distintos contextos (hogar, escuela…) para lograr un comportamiento ajustado a las normas sociales.

Si bien es cierto, que varias personas con Síndrome de Down reciben formación sobre sexualidad, en los datos de la investigación se muestra que las personas con Down tienen mayor desconocimiento hacia su sexualidad que las personas sin alteraciones cognitivas. Es posible que esto suceda, pese a la existencia de formación, porque ésta esté mediada por la influencia de los padres, que no desean, seguramente por los miedos ya citados, que sus hijos reciban esos conocimientos (Amor, J.R, 2000).

Mito 3. La sexualidad se puede frenar


Se considera, erróneamente, que si no reciben educación sexual, sus instintos nunca se despertarán.

En esta investigación se muestran datos sobre la existencia de relaciones sexuales entre personas con Síndrome de Down. El 60% de la muestra ha tenido relaciones sexuales, y el 22% de éstas han sido con penetración. Estudios anteriores estiman que el 50% tienen relaciones sexuales (Schor, 1987, Chamberlain et al, 1984), y dentro del grupo de las mujeres que el 37% han tenido una penetración vaginal (Elkins et al., 1987).

Por lo tanto, tenemos un grupo de personas que están realizando prácticas sexuales  que, carentes, probablemente, de información y formación adecuadas, estén corriendo riesgos para su salud y, seguramente, sin esas revisiones ginecológicas tan recomendadas, en el caso de las mujeres.

Propuestas de actuación


En el estudio se ha registrado que las personas con Síndrome de Down muestran un conocimiento sobre sexualidad significativamente menor que las personas sin alteraciones cognitivas. Debido a que Tienen un desarrollo físico y hormonal de la sexualidad igual que sus pares sin alteraciones cognitivas, deberían recibir una formación de contenidos iguales. Es decir, no sólo vale con reconocer dicha dimensión sexual en su desarrollo, también es necesario que se fomente una visión positiva de ésta. El estudio muestra que el 30 % de la muestra con Down Tienen una visión negativa hacia su sexualidad.
De todos modos, pese a que deben recibir los mismos contenidos que el resto de personas sin alteraciones cognitivas, no se deben impartir de la misma forma. Hay que adecuar el contenido al oyente. Para ello, tenemos que tener en cuenta que en su caso es necesario que se expliciten las normas implícitas (la formación debería ser más amplia en este sentido), e impartirles el contenido de formas diferente (según sus capacidades).

A la hora de exponer los conceptos hay que tener en cuenta que: Tienen dificultades para trabajar solos, no captan bien todos los sonidos, tiene dificultades para seguir las instrucciones dadas en un grupo, no pueden grabar y retener varias órdenes seguidas, la concentración dura tiempos cortos, les cuesta comprender las instrucciones, planificar las estrategias, resolver problemas, atender a varias variables a la vez, y que su edad social es más alta que la mental, y ésta más alta que la edad lingüística, por ello pueden tener dificultad para expresarse oralmente en demanda de ayuda (Troncoso, 1998).

También hay que tener en cuenta sus puntos fuertes. Pese a su discapacidad cognitiva, Tienen desarrollada su inteligencia emocional igual que las personas sin discapacidad alguna. Por lo que la formación debe centrarse en ese punto fuerte, porque pueden compensar sus carencias cognitivas con su inteligencia emocional, sobre todo en temas de afectividad y sexualidad. De este modo deberíamos intentar apelar a las emociones a la hora de explicar los conceptos. Por ejemplo para explicar cómo seducir a una persona, se debe hacer referencia a la emoción que provocan los comportamientos inadecuados socialmente.

Es importante no centrar esta formación exclusivamente en la prevención de ITS (infecciones de transmisión sexual), o en la importancia de la detección temprana de éstas. Las personas con Síndrome de Down, debido a sus dificultades cognitivas, necesitan formación en las habilidades y normas sociales de seducción, expresión de afectos y diferentes modos y prácticas para disfrutar de la sexualidad. Otro aspecto interesante a tratar en la educación sexual es la elaboración de fantasías, puesto que debido a que Tienen comprometida el área cognitiva, muestran mayor dificultad para crear estas situaciones imaginarias (Espinosa de Gutiérrez, A. 1987).

Ya que aunque algunas personas con Síndrome de Down ya reciben educación sexual, pero ésta está mediada por la influencia de los padres, sería necesario, primero, formar a éstos para concienciarles de la necesidad de dar formación a sus hijos, en el ámbito de la sexualidad, para que puedan adquirir estrategias que disminuyan el número de posibles abusos, riesgos de ITS y embarazos no deseados y, que vendrían a aumentar su  autoestima y habilidades sociales.

La importancia de estos talleres en este colectivo se fundamenta en el hecho de que hay personas adultas que Tienen las mismas necesidades que cualquiera de sus pares; pero que, simplemente, porque no pueden expresarse del mismo modo, no pueden hacer demanda de sus derechos.

Desde una sociedad que aspira al bienestar tenemos que reivindicar esos derechos. Hay que buscar la integración de todos los ciudadanos, atendiendo a las necesidades particulares de todos los colectivos. Una educación basada en la ciencia, libre de tabúes, y extensiva al conjunto de todos sus ciudadanos, es el pilar principal de dicha integración.


Referencias


Adams J.; McClellan J.; Douglass D.; McCurry C.; Storck M (1995). Sexually inappropriate behaviors in seriously mentally ill children and adolescents, Child Abuse and Neglect, 5, 555-568.

Amor Pan, J.R. (1997) .Afectividad y sexualidad en la persona con deficiencia mental. Madrid, Universidad Pontificia de Comillas.

Amor Pan, J.R. (2000). Sexualidad y personas con discapacidad física.  Madrid: FEAPS, 1

Baldaro Verde, J.; Govigli, G.; Valgimigli, C. (1988) La Sexualidad del deficiente. Barcelona, CEAC Chamberlain, A., Rauh, J., Passer, A., McGrath, M., Berket, R. (1984). Issues in fertility control for mentally retarded female adolescents and sexual activity, sexual abuse, and contraception. Pediatrics, 73, 445-450.

Espinosa de Gutiérrez, A. (1987). Cómo educar un niño especial. Bogotá, Fides.

Garvía, B., Miquel, M.J. (2011). Vida Sexual y afectiva de la persona con Síndrome de Down. Mitología de la sexualidad especial.

Ruiz Rodriguez, E. (2006) Programa de Entrenamiento en Habilidades Sociales para Niños y Jóvenes con
Síndrome de Down. Seminario Fundación Complementa Chile.

Schor, DP (1987). Sex and sexual abuse in developmentally disabled adolescents. Seminars in Adolescent Medicine, 3,1, 1-7.

Troncoso MV, del Cerro M (1998). Síndrome de Down: lectura y escritura. Barcelona, Masson.

Troncoso MV. (2003) La evolución del niño con síndrome de Down: de 3 a 12 años. Revista Síndrome de Down; 20, 55-59


Publicado en SEXPOL, Revista de Información Sexológica
Número 107 - Octubre / Diciembre 2012

RM/xt

domingo, 5 de julio de 2015

Las parejas actuales. Tertulia, marzo 2013


Carmen Abril, Psicóloga, sexóloga
Roberto Sanz, Psicólogo, Terapeuta Sexual Fundación Sexpol



Existen y han existido diferentes formas de concebir y vivenciar la pareja, sin embargo todas las personas tenemos ciertas ideas comunes sobre su funcionamiento y significado. Se ha reforzado, sobre todas las demás, el estilo tradicional de pareja en nuestra sociedad, si bien poco a poco van cambiando ciertos aspectos de esta. Echemos antes un vistazo rápido al punto de partida que nos interesa para abordar después las distintas elecciones de pareja que se dan en la actualidad, aunque no todas se visibilicen o promocionen de la misma manera. Quede dicho que la clasificación de los estilos de pareja que se explicará más tarde es válida solamente desde una perspectiva divulgativa y personal, sin intención de oficialidad alguna y con un interés reflexivo y organizativo.

El modelo tradicional (el principal en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad) viene del matrimonio, cuyo origen está en la formación de la familia nuclear, producto a su vez del sistema de producción y del Patriarcado.

Con el sedentarismo, el descubrimiento de la paternidad (puesto que la maternidad era indudable) y la producción a través de la ganadería y la agricultura local, se establece la propiedad privada y la necesidad de garantizar que la herencia del patrimonio recaiga en el hijo biológico, de ahí que se establezcan relaciones monógamas con exclusividad sexual-genital para que el padre se asegurara de que el hijo que hereda es suyo, dando como resultado la ya nombrada familia nuclear con el cabeza de familia (el hombre) caracterizada por una heterosexualidad normativa centrada en la reproducción y en una asimetría de género con roles predeterminados. Los matrimonios eran utilizados así como moneda de cambio para generar alianzas y expandir las propiedades familiares, de manera que eran matrimonios forzados no basados en el enamoramiento, el amor y el deseo sexual.

Debido a la imposición matrimonial dos factores principales favorecen romper con la tal obligación: la rebeldía de las personas que se niegan a casarse con quien no quieren, y la influencia de la Iglesia, que aprovecha esa rebeldía para nombrar como sacramento al matrimonio basado en la idea de amor romántico (incluyendo todos sus mitos, especialmente el de la media naranja y el de sacrificio) sobre un fondo de interés económico y de ganancia de poder a través del establecimiento de sus cánones.

Por otro lado, con la Revolución Francesa se enfatizan valores personales y se lleva a cabo un proceso de individualización, en el que aunque la pareja exista se resalta la idea del individuo como unidad: el “yo”.

La unión y evolución de los conceptos anteriores han propiciado una especie de normatividad en la formación de parejas, y, si bien no es tan representativa como creemos, sigue siendo lo que a través de diferentes instituciones, medidas políticas y medios de comunicación se refuerza como normal. Dicha normatividad se caracteriza por la heterosexualidad, la monogamia, la función reproductiva, la asimetría de género, la formación de familias, y una idea del amor romántico en la que continúan ciertos mitos de forma más o menos profunda o explícita.

En su conjunto, esto da lugar a ciertas consecuencias psicosociales que se mantienen en el inconsciente colectivo general (no generalizable): celos, posesividad, exclusividad sexual (no solamente en cuanto a contacto físico, sino incluso a la hora de fantasear durante la relación sexual con la pareja y/o durante la masturbación a solas, y también respecto a la seducción), necesidad de tener pareja como objetivo en la vida, estigma de la soltería (a consecuencia de la anterior), y la fantasía de la elección (la ilusión de que puedo elegir a quien quiera) entre otras. Todo ello forma parte también del ideal de amor romántico.

¿Quién o qué mantiene este modelo tradicional de pareja? Podemos decir que gran parte de la sociedad en general es responsable de los valores que ella misma aplica, aunque más concretamente instituciones como la iglesia o el estado tienen un especial interés por diferentes motivos como lo son aspectos político-económicos, creencias, mantenimiento del funcionamiento del sistema capitalista actual y el modelo de producción, disponibilidad de mano de obra, control de la población a través de normas, productividad y consumo (tengamos en cuenta que es más fácil vender sobre aquello instaurado que cambiarlo para luego vender; además, las insatisfacciones producidas al no llegar a lo socialmente deseable hace que consumamos ciertos productos, bien para llegar a ello o bien para compensar el malestar). Los medios de comunicación afianzan y representan tales ideales, y todo ello se resguarda en nuestro actual sistema capitalista y patriarcal.

A la par, conviven otras formas de elección, vivencia e interpretación de la pareja y/o de la necesidad de tenerla, así como un cuestionamiento del concepto en sí mismo. Movimientos sociales tales como el movimiento hippie, los colectivos LGTBIQ y el feminismo (reconceptualizando y deconstruyendo los roles sexuales y de género), y la movilización general en busca de libertades y derechos democráticos ha expandido nuestras mentes y una parte de la población, cada vez más amplia, se plantea cuanto menos ciertos aspectos del modelo de pareja tradicional.

Llegando a este punto, hemos elegido tres categorías que representan (a modo personal y divulgativo tal como se señaló al principio) los diferentes tipos de pareja. Es necesario explicar que una misma persona o incluso una pareja pueden pasar por las tres categorías en un orden alterno, y que muchas veces estamos a medio camino entre una y otra ya que vamos evolucionando e intentando conjugar los viejos aprendizajes con los nuevos. Por supuesto, hay casos prototípicos pero también hay mezclas interesantes:

-Pareja Tradicional: caracterizada por un matrimonio civil o religioso, unos roles de género tradicionales, y una convivencia impuesta.
-Pareja Tradicional- Igualitaria: caracterizada por unos roles de género cuestionados y más flexibles, un matrimonio religioso-civil, y un sentimiento respecto a la convivencia en pareja como necesaria.
-Pareja (Pseudo)Igualitaria: caracterizada por constituirse como pareja de hecho legal o no, unos roles de género también cuestionados y flexibles como en la anterior, y una convivencia opcional sin sentimiento de obligatoriedad o de constancia, sin seguir necesariamente un patrón de elecciones preestablecido en ese sentido (pueden convivir un tiempo, durante toda la relación o nunca).

En cuanto a las relaciones sexuales-genitales también podemos hablar de diferentes estilos de pareja. Bien con exclusividad sexual (o se da por hecho por considerarse “lo normal”, o se pacta) y sin exclusividad sexual (hablamos de pacto, no de infidelidad). En este último grupo se encuadrarían las parejas “abiertas”, intercambio de parejas o “swingers”, poliamor (parejas formadas por más de dos personas donde se establecen vínculos primarios y secundarios y se pactan una serie de normas respecto a diferentes aspectos y también respecto a los contactos sexo-genitales que se mantienen tanto dentro como fuera del círculo de poliamor), y el ya clásico “follamigos/as” que a veces a pesar de funcionar como una pareja más tradicional no se reconocen como tal, o sencillamente no conforman una pareja en ese sentido.

¿Qué motivos suelen llevarnos a elegir un estilo u otro de pareja?


Además de la necesidad de vínculo y apego, la búsqueda de felicidad o de libertad, podemos hablar de algunos miedos que nos harían decantarnos por un estilo concreto. El miedo al compromiso, al rechazo o al abandono puede llevarnos a no querer iniciar una relación, a iniciarla sin intimar emocionalmente hablando, a no establecer compromisos de algún tipo, o a cortar la relación antes de que tenga lugar una implicación emocional personal más fuerte. Por otro lado, el mismo miedo también al abandono o al rechazo puede hacer que nos aferremos a una pareja tradicional o tradicional-igualitaria con exclusividad sexual precisamente para evitar pasar por celos, evitar posibles pretendientes para la pareja, o evitar una sensación de “tener que competir” con otras personas, alejando así sentimientos de inseguridad. El miedo a la soledad nos llevaría en principio a vincularnos fuertemente con una pareja, si bien la posibilidad de ser dejados/as en una relación también podría limitarnos para llevar más allá de cierto punto un vínculo.

La conclusión a la que hemos llegado es la de que a pesar de los viejos aprendizajes y el refuerzo social por un lado, e invisibilización por otro, ante algunas formas de establecer pareja, una parte de la población se replantea si lo que nos han enseñado es siempre y en todo momento lo más deseable, o lo que es más importante, lo más deseable para una/o misma/o. Probar, experimentar, decidir conscientemente aquello que considero pareja, así como su necesidad o no, y el estilo que más se adecúa a mis intereses es un objetivo que podríamos marcarnos para vivir de forma más satisfactoria y fiel hacia la propia persona.


Publicado en SEXPOL, Revista de Información Sexológica
Número 108 - Enero / Marzo 2013

RM/xt

viernes, 3 de julio de 2015

La violencia de género



Elena del Barrio Álvarez
Psicóloga y Sexóloga Especialista en género Universidad Autónoma de Madrid
Dpto. Psicología Biológica y de la Salud


Vivimos en un mundo de ropa rosa y azul, de pasividad-agresividad, fortaleza-debilidad, de pelo corto-pelo largo, de escote-corbata… Nos encontramos atrapados en dicotomías, donde hay hombres y mujeres; y si existe algo diferente, se cambia.

Contra este sistema blanco-negro, se encuentra una escala de grises representada por una lógica difusa que incluye el intervalo y que se sitúa en el medio, entre cero y uno; permitiendo la existencia de multivalores, de multivalencias (Fischer, 2003).

La realidad no es un binomio, la realidad es plural, es un caos con continuos desajustes que generan novedad. Hay más que niños y niñas, que heterosexuales y homosexuales. Hay bisexuales, hay transgéneros, hay XX, XY, XXY, XO…

Existe la posibilidad de mudar de sexo, de transitar por las diferentes posibilidades de experimentar la vida con y en distintos cuerpos. Se puede dejar la adicción al género. Entre los efectos secundarios de las adicciones de género nos encontramos la desadaptación, discriminación, y sometimiento de las mujeres. ¡Basta ya! Paremos la violencia DEL Género.

¿Cómo nació el género?


Con la inocencia médica de John Money (1955, en Fausto-Sterling, 1993) se comienza a diferenciar sexo de género. Sexo haría referencia a las diferencias anatómicas macho-hembra; y género, a sus diferencias de comportamiento. A partir de esta diferenciación se han desarrollado varios modelos para explicar la relación entre ambos factores.

Entre ellos se encuentran el biosocial (importancia de la biología y el entorno en el desarrollo del comportamiento diferenciado sexualmente), el del aprendizaje (los roles adquiridos mediante observación y refuerzo del entorno), el cognitivo (necesidad lógica del niño de categorizarse en las dos opciones de género que percibe), y el psicodinámico (proceso de identificación/ruptura emocional con la madre) (Moreno, 2007).

En general, por tanto, se asume, que el género, de algún modo, depende del sexo al que se pertenezca; estaría construido a partir de él, en interacción con el entorno; por lo que admitiría posibilidad de variación en función del contexto; mientras que el sexo, por naturaleza, sería siempre XX o XY (en los humanos), y no influenciable por los factores del entorno. Sin embargo, como diría Butler (1990)[1], el sexo siempre fue género.

¿Es el sexo impermeable?


En la sociedad nos encontramos con dos posibilidades de sexo, la de macho o la de hembra, pero ¿es, esto, fruto de la naturaleza, o de la cultura?

El desarrollo del sexo en el feto, se produce en tres etapas; en una primera habría simplemente una diferenciación genética; en una segunda, una diferenciación gonadal (testículos/ovarios), ésta segunda provoca, mediante la liberación de hormonas por parte de las gónadas, la tercera: la diferenciación fenotípica.

Sin embargo, este proceso no da siempre como resultado la aparición de un bebé con genitales claramente diferenciados. Los seres que nacen con genitales ambiguos son clasificados por la biomedicina como pseudo-hermafroditas, masculino y femenino (si tienen cariotipo XY y XX, respectivamente); o como hermafroditas verdaderos (si coexisten tejidos de las gónadas masculinos y femeninos en una misma persona) (Fischer, 2003). Sin embargo, considerar a estas personas como hermafroditas, es incorrecto, puesto que los hermafroditas son capaces de fecundarse a sí mismos, y estas personas no son fértiles.

Según datos aportados por Money, se estima que el 4% de la población se encuentra entre ese espectro masculino y femenino (Beltrán, 2001). Sin embargo, se sigue considerando que sólo existen dos sexos, los que se corresponden con los dos géneros; por lo que no sólo el sexo crea el género, sino que éste crea a su vez al sexo.

En las culturas occidentales, en éstos casos, se suele intervenir quirúrgicamente para conseguir o pene o vagina, y no se considera la opción de dejarles ser (origen en las leyes judías, Fausto-Sterling, 1993). Esta elección se basa en el tamaño del posible clítoris o pene. Se define clítoris si mide menos de 0.9 cm y pene si mide más de 2.5. Entre 0.9 y 2.5 lo más probable es que se opere para la conversión a mujer con clítoris “normal”, puesto que se considera que ésta operación es la más sencilla (o hay menor exigencia a la hora de construir genitales femeninos).

Sin embargo, esta actuación, que puede considerarse como violencia (debido a que son agresiones al cuerpo de un individuo sin el consentimiento de éste), no es transcultural: los navajo, por ejemplo, contemplan las intersexualidades como una parte importante de su mitología, y quienes poseen estas características intermedias gozan incluso de privilegios (Martin y Voorhies, 1981 en Beltrán, 2001).

De hecho, el género fue creado para modificar el sexo (debido a la necesidad de dicotomías en el mundo occidental). J. Money acuño la palabra género para dar sentido a las reasignaciones de sexo que realizaba. Su caso más famoso, con respecto a la búsqueda de adecuación al género, fue el John/ Joan. Un niño con un año y medio, pierde el pene por una mala operación de fimosis, y tras la construcción de una vagina, Money trabaja con él para que desarrolle un género femenino. La dicotomía sexo- género, por tanto, en este caso muestra su fortaleza al evidenciarse aquí que el género no depende de un sexo natural, o de unos cromosomas, sino de los dos fenotipos sexuales que tenemos naturalizados en correspondencia con los dos géneros, también naturalizados.

Dentro de esta dicotomía de sexo-género, se incluye, además, la sexualidad; debido quizás, a la polisemia de la palabra sexo, que implica tanto masculinidad- feminidad, como las relaciones sexuales entre ambos (Gayle Rubin, 1989). Las prácticas sexuales refuerzan los modelos de género y la identidad de género está imbricada con la identidad sexual; así pues la heterosexualidad se convierte en la meta del desarrollo personal (Garaizábal, 1998, en Beltrán, 2001).

En el manifiesto contrasexual de Beatriz Preciado (2002) se supone que sexo y sexualidad (y no solamente género) deben comprenderse como tecnologías sociopolíticas complejas. Se entiende el sexo como una tecnología de dominación heterosocial que reduce el cuerpo a zonas erógenas, en función de una distribución asimétrica del poder entre los géneros (femenino/ masculino); haciendo coincidir ciertos afectos con determinados órganos, ciertas sensaciones con determinadas reacciones anatómicas, y, delimitando la superficie erótica a los órganos reproductivos; privilegiando el pene como único centro de producción de impulso sexual.

Además de la relación género-sexo-sexualidad, tenemos el cuerpo como espacio de violencia, en tanto que confiere a los géneros su carácter sexual real- natural (Preciado, B., 2002), siendo éste el locus de interpretaciones culturales, aunque también de posibilidades interpretativas (Butler, 1990).

Así, el género, considerado dicotómico por correspondencia con el sexo natural, resulta que es limitador de los sexos (los limita a dos). Del mismo modo controla la sexualidad, (por ser ésta mimetizada con el sexo y enfocada a la reproducción) y asume la heterosexualidad en sus dos modalidades (tanto la masculina como la femenina). Además, el género modifica el cuerpo en tanto que es su espacio de representación. De este modo, la asunción de la dicotomía supone violencia en tanto que obliga no sólo a desarrollar un tipo de comportamientos, preferencias… (género) en el ámbito público, sino que también marca qué se tiene que desear en el ámbito privado (heterosexualidad), cómo tiene que ser el cuerpo (mujeres sin pelo, hombres con músculos, por ejemplo) y el aspecto físico del sexo (clítoris pequeño, pene grande).

Sin embargo, no todas las teorías entorno al género son dicotómicas. Si bien, desde la psicología de la personalidad, se comenzó a analizar el género como una variable definitoria de salud/enfermedad, midiendo únicamente masculinidad (feminidad valor negativo de masculinidad), se ha avanzado hasta considerar valores instrumentales y expresivos (definitorios de masculinidad y feminidad) como independientes, e incluso llegar a analizar el género desde un modelo bidimensional, donde Feminidad y Masculinidad son independientes y, en su interacción, desarrollan 4 tipos de roles (Bem Sex Role) (Moreno, 2007).

De este modo, la relación sexo-género-sexualidad-cuerpo sería menos tensa; partiendo por lo menos, de que los roles de género no serían fruto de dos tipos de genitales, ni implicarían ningún tipo de sexualidad, ni dependerían del cuerpo en los que estuvieran situados. Sin embargo, el test de Sandra Bem no es inocente. Contiene implícitos estereotipos y refuerza la creencia de lo que es femenino y masculino (los ítems representan roles marcados de género), y cae en las categorizaciones (necesidad de incluir a un sujeto en un tipo de los 4 roles que define). Del mismo modo, esta creación no es transcultural, puesto que los roles femeninos y masculinos no son iguales en todas las culturas (Tchambuli y Arapesh, Margaret Mead, 1935; en Carranza, 2007), y esta asunción de feminidad y masculinidad refleja el inconsciente de características de personalidad fruto del sexo.

¿Qué puede hacerse entonces con el Género?


“Si el género se construye, ¿podría construirse de distinta manera, o acaso su construcción conlleva alguna forma de determinismo social que niegue la posibilidad de que el agente actúe y cambie? ¿Implica la «construcción» que algunas leyes provocan diferencias de género en ejes universales de diferencia sexual? ¿Cómo y dónde se construye el género? ¿Qué sentido puede tener para nosotros una construcción que no sea capaz de aceptar a un constructor humano anterior a esa construcción?” (Judith Butler. El género en disputa, 1999: 57).

Para frenar la violencia contra lo diferente se pretende pasar del mundo dicotómico al de las fronteras (Casado-Aparicio, 1999). Deconstruir las dicotomías sexo/género, naturaleza/cultura… construidas (Haraway, Donna, 1991)[2].

Ha sucedido lo mismo con la división dicotómica sexo/género que con las explicaciones de dominación del hombre. Se han naturalizado. (Haraway, D., 1991). Prueba de la naturalización de la dicotomía sexo/género son las intersexualidades. El sexo no es dicotómico por naturaleza, se ha naturalizado la dicotomía como consecuencia de la naturalización del género. El género ha creado dos sexos, que a su vez, han creado dos géneros. El género se vuelve sexo, y el sexo género (Butler, 1990).

Si el género nace del sexo, pero no lo representa, sino que lo crea, el sistema sexo-género es una falacia. El hecho de que haya personas que tengan que ser operadas para tener un sexo acorde a un género existente, muestra el absurdo del género. Otra pista del absurdo de la dicotomía, es la existencia de personas que aunque tienen un sexo, al que se le puede asociar un género, sienten, tanto su sexo como su género, erróneos, o la de otros individuos que ni siquiera sienten género alguno como suyo.

Realmente el sexo ha sido también construido socialmente con este sistema. Catharine MacKinnon (1982) lo define en relación con el otro, y Judith Butler (1990) va un paso más allá y lo considera creado por el otro, quien te hace mujer natural es el hombre. Se es mujer porque atraes y te atrae el hombre. En este sentido, y como dice Monique Wittig (1981) las lesbianas no son mujeres. La dicotomía sexo-género no existiría, serían uno, creado para controlar a la mujer. Dicho control comenzaría con su sexualidad dirigida al hombre (Ariane Rich, 1980) y terminaría con su comportamiento sumiso hacia él.[3] 

La mujer no nace, llega a ser (Beauvoir, 1946)[4], y del mismo modo, cualquiera se puede hacer mujer, u hombre, o cyborg, o actor de un teatro de géneros e incluso mestizo.

Desde el marco médico, se contempla la transexualidad, definida como disforia de género, y se trata con operaciones quirúrgicas y apoyo psicológico para la adopción total de género. En la opinión de Raymond, los transexuales son víctimas de las normas restrictivas patriarcales de la masculinidad y la feminidad que les fuerzan y les animan a mudarse de una categoría a otra (violencia sexo-género-sexualidad- cuerpo).

El modelo médico ha sido criticado por esencializar el transexualismo y la identidad de género. En palabras de Shapiro (1990), a pesar de su autopercepción como propagadores de “actitudes hacia la sexualidad más ilustradas y liberales y científicas”, el trabajo de médicos e investigadores como Benjamin, Money, Stoller y Green, “refleja una actitud hacia el género sumamente tradicional” (Shapiro 1991: 250). En opinión de Shapiro, “tratar cuestiones de género por medio del cambio de sexo quirúrgico es un poco como acercarse a un dermatólogo para solucionar el problema del racismo” (ibid.: 262), (Soley-Beltran, 2003).

Así pues, en el discurso y, particularmente, en la práctica transexual, el cuerpo (o “sexo”) se equipara con el género. Esta ecuación gobierna la principal práctica transexual: la operación de cambio de sexo; ya que se asocian determinadas características de “género” con un “cuerpo” determinado.

Los transgenerismos, sin embargo, supondrían un rechazo al género; sin caer en él. En ellos estarían enmarcadas las teorías de Butler (1990) con la performatividad del género, y los cyborg de Haraway (1991); entraríamos dentro de la subjetividad nómada de Braidotti, en la que el sexo no influiría en nuestro género, y donde el término género no existe realmente, puesto que lo que existirían serían intermedios, grises, y no blanco o negro puro. Se habla del mestizaje de Anzaldúa (1987)[5], no de pureza.

Dentro de éstos colectivos encontramos las multitudes queer. En éstas se habla de sexopolítica, no como lugar de poder, sino como un espacio de creación donde se suceden y se yuxtaponen los movimientos feministas, homosexuales, transexuales, intersexuales, transgéneros, chicanas, post-coloniales… Las minorías sexuales se convierten en multitudes queer (Preciado, 2003).

Las estrategias que toman las multitudes queer son la des-identificación como mujeres para crear nuevos sujetos del feminismo; las identificaciones estratégicas de sujetos abyectos para encontrar un lugar de resistencia al punto de vista universal; la reconversión de las tecnologías del cuerpo de normalización en otras de anormalización y, la desontologización del sujeto de la política sexual; buscando no la normalización de lo anormal, sino la lucha contra la naturalización (mujer, gay), contra las instituciones políticas tradicionales que se presentan como soberanas y universalmente representativas; como contra las epistemologías sexopolíticas heterocentradas, que dominan todavía la producción de la ciencia (Preciado, 2003).

No más violencia en nombre del Género. Es imposible pensar con claridad sobre la política de las razas o de los géneros mientras los consideremos como entidades biológicas y no como construcciones sociales. Una vez que se comprenda el sexo en términos de análisis social e histórico será posible una política sexual más realista. Es necesaria la visibilización y respeto de los distintos cuerpos, sexos, sexualidades para parar la violencia producida por el encasillamiento de género.
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Notas

1 La edición empleada es la española de 1999.
2 En edición española de 1995
3 Abstracciones del texto de Gil Rodríguez, 2002
4 En edición española de 1999.
5 Edición empleada: 1999.
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Bibliografía

 Andalzúa, Gloria (1999). Borderlands/La frontera. The New Mestiza. San Francisco: Aunt lute Books.
Beauvoir, Simone (1999). El segundo sexo. Madrid: Cátedra.
Beltrán, Elena; Maqueira, Virginia (2001). Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Madrid: Alianza Editorial.
Butler, Judith (1999). El género en disputa. Barcelona: Paidós.
Carranza Aguilar, M. Eugenia (2007). Antropología y Género. Breve revisión de algunas ideas antropológicas sobre las mujeres. Seminario Mulleres e Universidade.
Casado-Aparicio, Elena (1999). A vueltas con el sujeto del feminismo. Política y sociedad, n. 30, pp. 73-91.
Fausto-Sterling (1993). The Five Sexes: Why Male and Female Are Not Enough. The Sciences, p. 20-24.
Fischer Pfaelle, Amalia, E. Devenires, cuerpos sin órganos, lógica difusa e intersexuales en Mattía, D. (2003) Sexualidades migrantes, género y transgénero. Argentina: Feminaria Editora.
Gil Rodríguez, Eva Patricia (2002). ¿Por qué le llaman género cuando quieren decir sexo?: Una aproximación a la teoría de performatividad de Judith Butler. Athenea digital, 2, pp. 30-41.
Haraway, Donna J. (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra.
Moreno, Bernardo (2007). Psicología de la personalidad. Procesos. Madrid: Thomson.
Preciado, Beatriz (2002). Manifiesto contrasexual. Barcelona: Anagrama.
Preciado, Beatriz (2003). Multitudes queer. Notas para una política de los “anormales”. Multitudes, 12
Rubin Gayle (1989). (Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad. En: Carole Vance (comp.) Placer y peligro: explorando la sexualidad femenina, (trads. Julio Velasco y M. Ángeles Toda). Madrid: Revolución, p. 113-190. (Ed. original, 1984).
Soley-Beltran, Patricia ¿Citaciones perversas? De la distinción sexo-género y sus apropiaciones en Maffía, D. Sexualidades migrantes, género y transgénero. Argentina: Feminaria Editora, 2003. 


Publicado en SEXPOL, Revista de Información Sexológica
Número 108 - Enero / Marzo 2013

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